Las grandes anécdotas de la vida de Asimov (I)

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A toda persona le ha ocurrido alguna vez, algo realmente extraordinario y absolutamente increíble. Ese momento, habrá marcado, un momento de inflexión, de reflexión, de pensamientos en muchos de ellos. Pero lo que realmente hace que nuestra vida sea diferente es el día a día, lo que vivimos en los momentos más inesperados.

Nuestra vida se compone de multitud de chascarrillos o anécdotas que hacen reír a la gente de nuestro alrededor y que son experiencias diferentes. Pues igual que nos ocurren a nosotros, también le sucedió a Isaac Asimov. Por eso, para acercar el gran personaje a la vida más cercana, en las siguientes líneas os contaré algunas de las más curiosas.

Plymouth.

Plymouth.

La historia de un coche

Se dice que Asimov nunca fue un adicto a los coches, que conoció pocos lugares con su familia. La razón verdadera por la que no salían nunca fue el trabajo de sus padres, que regentaban una tienda de chucherías. Como podrán imaginar, las vacaciones eran realmente un sueño, no existían días de fiesta, ni domingos, ni jornadas de ocio.

A pesar de que en su entorno no existía la necesidad de tener un transporte cerca, quizás por eso nunca se había planteado la necesidad de comprarse un coche. Todo cambio cuando llegó por vez primera a una gran ciudad: Boston. Para poder moverse por la ciudad o ir al centro, no tenía otra alternativa que ir en coche particular y como vivía en las afueras, al final tuvo que comprarse un Plymouth.

Al final, hasta le gustó

A pesar de que al principio no le hacía demasiada gracia eso de conducir, al final empezó a gustarle. Probablemente le pasaría como a muchos con algunas comidas, hay gente que no le gustan las verduras de pequeños y de mayores acaban siendo vegetarianos. Con su nuevo y flamante coche alardeaba por las calles de la ciudad hasta que un buen día, se topó con un grande como el:  Lyon Sprague De Camp.

Este señor, escritor de ciencia ficción, y Asimov se arreglaban muy bien, se entendían estupendamente. Aprovechando la confianza que les unía, Asimov tomó una actitud chulesca comentándole a De Camp lo rápido que podía pilotar su coche partiendo desde Filadelfia a New York. El escritor que era una persona inteligente, se despidió del científico sin que éste entendiera porque. Entonces es cuando De Camp le respondió que si conducía a esa velocidad, probablemente fuese la última vez que se vieran. 

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